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martes, 17 de diciembre de 2019


Alejandro Mario Fonseca
Me acuerdo muy bien, fue a fines de los años 70. Caminaba por la avenida Juárez de la Ciudad de México y compré en un puesto callejero tres libros. Dos de Mao Tse Tung, el Libro Rojo y Poemas de Mao Tse Tung; el tercero fue una edición popular cubana de Poesía de Miguel Hernández.
Después de 50 años todavía conservo el libro de Miguel Hernández, los de Mao no sé dónde quedaron. Se trata de una edición del Instituto Cubano del Libro, que a pesar de los años y de su bajo costo se conserva muy bien.
La portada es espléndida, un fragmento del Guernica de Pablo Picasso y el contenido: 410 páginas de la obra completa de Miguel Hernández. La presentación de Juan Marinello es envidiable:
La vida breve y dolorosa de Miguel Hernández (1910-1942) es la más exacta cifra de su pueblo. Ninguno de sus más grandes contemporáneos se le empareja en esta diputación que es como un ilustre y duro destino. Leer este libro es apresar, en el tránsito de un hombre, todo el quehacer terco e invencible de su gente.
La poesía de Miguel Hernández expresa profunda y radicalmente el dramático momento que vive su autor porque es, más que ningún poeta de su día, porción sangrante de  la lucha secular en que participa.
El pueblo español, recio, poderoso, invulnerable, contiene reservas invencibles que no pueden manifestarse sino por la palabra exaltada y tajante. En la medida en que la vieja rebeldía acogotada muestra sus fuerzas, los grandes creadores alcanzan una intensidad y una clamorosa virtud que no se conocen por otras tierras. El poeta de Orihuela es, su plural resonancia, un caso solitario por directo y fiel…

Poeta generoso y luminoso
Su gracia es, como la del Romancero, sobria y a punto, espontánea y certera. El hallazgo en el decir y en imaginar nacen de la misma sustancia creadora y como su movimiento esperado. Poesía de carne y hueso –de carne ansiosa y de hueso calcinado-, logra un dibujo neto y erguido en que la voluntad elocuente llega a lo impasable.
Y si con esta presentación de Marinello no bastara, veamos lo que el Nobel de literatura Pablo Neruda dijo de Miguel Hernández:
Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra.
No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera.
¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz!
¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!

Siguiendo el ejemplo de nuestro Presidente Andrés Manuel López Obrador
Ahora que a nuestro Presidente Andrés Manuel López Obrador le dio por la poesía, recitando a Ernesto Cardenal, le tomo la palabra. No hay nada mejor que la poesía, la poesía revolucionaria, para expresar los sentimientos más profundos de todo aquel que quiera contribuir con el progreso de su pueblo.
Seguramente usted ha escuchado alguna vez a Juan Manuel Serrat, Miguel Hernández es el título de su noveno álbum que  grabó en 1972 con la compañía discográfica Zafiro/Novola. En él musicaliza poemas del poeta oriolano Miguel Hernández con arreglos de Francesc Burrull.
Todas las letras son de Miguel Hernández. Las músicas son autoría de Serrat, a excepción de las “Nanas de la cebolla”, con música de Alberto Cortez. Usted puede conseguir una edición moderna del disco en  la librería Gandhi.
Y ya para terminar esta colaboración, otro regalito navideño: una de las poesías que más me gustan de Miguel Hernández:

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío
Miguel Hernández
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.

























Posdata: Había pensado dedicar esta tarde de domingo (15/12/19) a comentar el affaire de la periodista Anabel Hernández con el otrora poderoso jefe policiaco Gerardo García Luna, hoy caído en desgracia.
Hace tres días intenté conseguir el libro en cuestión, El traidor, editado por Grijalbo, pero está agotado. Además ya estamos en fiestas decembrinas y nada mejor que solazarnos con un poco de poesía. Ya en enero seguiremos con la crítica política mexicana, que se pone candente. ¡Felices fiestas!






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