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miércoles, 2 de marzo de 2022

Alejandro Mario Fonseca

Alejandro Mario Fonseca


 Amable lector, sucede que estoy aburrido, consternado o desesperado; no lo sé. Lo cierto es que me da flojera (“hueva” dirían los jóvenes) con el acontecer local, estatal y nacional.

Sucede que al Presidente AMLO ya se le rayó el disco y sólo habla de sus enemigos los conservadores; en el orden local, aquí en San Pedro Cholula no sucede nada interesante, digno de comentar; y en cuanto a  lo estatal, en el reino de la política oportunista, tampoco sucede nada ya que se respira una “calma chicha” (esa representación artística, de la calma que precede el naufragio).

Así que decidí dedicar este escrito al acontecer mundial, global: a lo que sucede en Ucrania: ¿una guerra estúpida, como todas las guerras? Y es que, parafraseando a Camus en La Peste, Cuando estalla una guerra, la gente dice: Esto no puede durar, es demasiado estúpido. Y sin duda, cualquier guerra es ciertamente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, y uno no daría cuenta de ello si no pensara siempre en uno mismo.

Y lo peor es que la guerra ni es estúpida ni estalló la semana pasada, sino en el 2014, cuando Moscú se anexó la península de Crimea tras un sangriento levantamiento que derrocó al presidente de Ucrania. Pero para comprender cabalmente el suceso, hay que repasar el fracaso de los modelos de dominación socialista, cuyo paradigma es el caso ruso.

     El fracaso de los modelos de dominación socialista

El parte aguas fue ¨la caída del muro de Berlín” y su mayor lección fue que tratándose de geopolítica, la condición humana oscila entre los buenos deseos y las restricciones que el control de los cambios impone. Mientras que la Unión Soviética, China y Cuba debieron su origen a una revolución socialista, el establecimiento de las “democracias populares” en los países europeos se debió a:

 1. El papel que comunistas y socialistas desempeñaron frente a la ocupación nazi, junto con el protagonismo del ejército soviético en la liberación de sus territorios; y

2. La formación de Frentes Nacionales Populares y antifascistas, lo que después devendría en la constitución de los partidos comunistas y de los regímenes socialistas.

Sin embargo esto dependía del control del cambio radical, que muy pronto devino en autoritarismo. El objetivo inicial de conseguir una sociedad sin clases, suprimiendo la propiedad privada, nunca se alcanzó a plenitud, ya que en algunos sectores se conservaron las tradiciones, tanto campesinas como artesanales.

Por otra parte la economía planificada tampoco se dio planamente; el caso yugoslavo es el más claro exponente de la versión descentralizada: sólo hay que ver lo que quedó de Yugoslavia.

Lo que se impuso no fue una democracia, en todos los regímenes socialistas el dominio del partido comunista siempre estuvo fuera de toda duda: en la mayoría de los casos fue la única organización existente.

En todas estas dictaduras “del proletariado”, aunque en grado variable, se estableció una política restrictiva de las libertades públicas, todo en aras del objetivo supremo: la “igualdad”.

Este “socialismo real” incurrió en la deformación de hacerse eminentemente burocrático y autoritario. Por eso es que fácilmente se desmoronó: regresó la Rusia de los zares; o más bien, siempre estuvo presente, aunque disfrazada.

El poder financiero global

Vladimir Putin es el heredero de un enorme poder centralizado, depredador y guerrero, que además de defender los intereses rusos, está empeñado en hacer buenos negocios. Cuando Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos el poder de Vladimir Putin se incrementó: ambos coincidían prácticamente en todo.

Y como una prueba contundente de esto último, ahí está Rex Thillerson, el jefe máximo de la gigante petrolera Exxon Mobil, propuesto por Trump para secretario de Estado, que no nada más era amigo de Putin, sino también  su socio en un proyecto de 500 mil millones de dólares para perforar en el ártico.

Tillerson, como secretario de Estado, tenía fuertes conflictos de interés, a pesar de los cuales el Congreso lo aprobó y ejerció el cargo poco más de un año, cuando fue sustituido por Mike Pompeo. Tillerson tenía una amplia experiencia como negociador con diferentes gobiernos del mundo. En el año 2013 Putin, le había otorgado la medalla al Orden de la Amistad.

Lo que quiero subrayar es que hoy en día los rusos no escapan a la lógica del capitalismo: los negocios lo justifican todo.  Y en el caso de Ucrania, que no solamente es el patio trasero de Rusia, sino una nación rica, riquísima en recursos naturales; para la nueva oligarquía rusa, encabezada por Putin, se convierte en una zona estratégica.

Y a todo esto hay que añadir que los norteamericanos, desde la caída del muro de Berlín, a través de la OTAN, han ido ganando una gran influencia política y económica en Ucrania, con el garlito de siempre: el impulso a la libertad y la democracia.

Putin no juega a la ruleta rusa

A pesar de todo lo que digan el presidente Biden y sus homólogos europeos, nadie en su sano juicio puede aceptar que sus intereses sean exclusivamente humanitarios. Lo cierto es que ven a Ucrania como un área de oportunidad para la expansión de sus negocios.

Prácticamente todos los medios informativos están pintando a Putin como un loco sanguinario, enfermo de poder y empeñado en la recuperación del imperio perdido, cueste lo que cueste. Y la verdad es que Putin ni es estúpido ni hace otra cosa más que lo que los mismos líderes norteamericanos ha hecho siempre.

Esto me quedo muy claro, tras la lectura del reportaje que publicó La jornada el pasado 24 de febrero, en el que el lingüista Noam Chomsky nos hace ver que ni Putin está jugando a la ruleta rusa; ni Biden  es una hermanita de la caridad.

“Rusia está rodeada de armamento ofensivo de Estados Unidos. No hay nada de naturaleza defensiva; son todas armas de ataque. El nuevo gobierno de Ucrania aprobó en diciembre pasado una resolución en que manifestaba su intención de unirse a la OTAN”.

“Ningún líder ruso, sin importar quién sea, toleraría que Ucrania, que está en el centro estratégico de sus intereses, se vuelva parte de una alianza militar hostil”.

Y aquí viene lo más interesante: “Tenemos que imaginarnos, por ejemplo, cómo hubiera reaccionado Estados Unidos si durante la guerra fría el Pacto de Varsovia se hubiese extendido a América Latina, y México y Canadá planearan unirse al Pacto de Varsovia. Desde luego que eso jamás se materializaría porque al primer intento de hacerlo hubiera seguido una respuesta violenta de Estados Unidos”.

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